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viernes, 29 de junio de 2018

    
Elecciones entre el racionalismo y el espejismo del dogma
    
Hugo Páez
 
Viví de cerca las últimas cinco elecciones presidenciales. Ninguna como esta elevó al clímax la disputa entre el racionalismo y el dogma de fe de quienes trataron de hacer lo imposible en el último momento.
Se apeló al racionalismo de las encuestas cuando fueron favorables. Los rezagados de esos números se refugiaron en la estrategia de desacreditarlas, invalidarlas y hasta promulgar el romántico absurdo: “Las encuestas NO votan”.
No se trata de defender los estudios de campo, hablo de la renuncia al racionalismo que no entiende el propósito del método más confiable de investigación en ciencias sociales: las encuestas.
El mismo Andrés Manuel López Obrador renunció al racionalismo de los resultados, aún siendo puntero, cuando ‘sentía’ que no estaban a la altura de sus propios cálculos.
Veo en las últimas tres semanas la elevación del dogma de fe para que el resultado sea el esperado el próximo domingo. No hay otro razonamiento estructurado, todos se basan en conjeturas y simples percepciones del corazón.
Esa negación del racionalismo nunca entendió que las encuestas NO son pronóstico sino diagnóstico, que su función es probabilística NO determinística, pero a la vez, curiosamente esa probabilidad moldeó un dogma de fe entre los seguidores de López Obrador para evolucionar la tesis de una probable victoria, en ley del triunfo.
La probabilidad de Andrés Manuel desde antes de la campaña, con la permanente vanguardia, se convirtió en el dogma de triunfo ‘irreversible’, como ley grabada en las tablas de Moisés, con la frase: “Este arroz ya se coció”.
La mentira tiene fundamento, es de las peligrosas porque saben a verdad, pero NO deja de ser una mentira es abismal, y tiene el propósito de dar cuartelazo a un posible resultado adverso al candidato de Morena. Para tales propósitos creó este dogma vitoreado y exaltado en el estadio Azteca el miércoles del cierre, que formula: NO hay poder alguno que revierta la tendencia.
NO es así, y para consolidar la tesis falsa, como única posibilidad de la derrota se invoca al fraude electoral.
En este caso el fraude es una especie de golpismo, producto de una intriga para evitar la llegada de López Obrador a la presidencia de la república, aún cuando Ricardo Anaya Cortés o José Meade Kuribreña pudiesen lograr la mayoría de votos en las urnas a partir de un porcentaje suficiente de no respuestas y el voto útil.
No hay autoengaño, la nomenklatura que habla de fraude sabe bien que los mecanismos electorales, la injerencia de todos los partidos en el proceso, la observación nacional e internacional, el potencial de monitoreo de cualquier ciudadano mediante redes sociales, la complejidad de una elección nacional, y la autonomía hasta el momento del Trife de Janine Otálora Malassis dificultan algún tipo de operación fraudulenta que cambie el resultado.
Sin importar el resultado, en esta elección estamos viendo el triunfo de dogma sobre el racionalismo, tal como ocurrió en Estados Unidos, que en estos momentos sufre uno de los errores más grandes de su historia con Donald Trump.
La soberbia del individualismo no pudo derrotarlo.
Recuerdo una frase de Martin Heidegger: "Hemos convertido al mundo en algo que existe por y para nosotros. Nuestra arrogancia ha hecho de la tierra un recurso descartable”.
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