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martes, 12 de febrero de 2013

La iglesia mexicana en “shock”

Hugo Páez

El 1 de marzo del 2012 escribí en este espacio el título “El Papa que desairó a la Guadalupana”. Eran días de efervescencia política en el Vaticano lleno de rumores entre la curia católica, centrados en el viaje de Benedicto XVI a México y Cuba, días antes de que iniciara formalmente la campaña a la Presidencia de la República en nuestro país.
Ahora en el periódico L’Observatore Romano se habla de la intención de Joseph Ratzinger como una decisión gestada en los días posteriores a ese viaje transcontinental.
Ayer mismo hablé con el padre Hugo Valdemar, vocero de la Arquidiócesis de México que describió la noticia con un calificativo preciso: “Estamos en shock”. No es para menos, un evento similar se dio seiscientos años atrás, cien años antes del descubrimiento de América. De ese tamaño es la historia que vivimos el lunes y tomó por sorpresa al mundo entero, incluyendo a los periodistas de la fuente que asistieron ayer en Roma a un Consistorio cotidiano, uno de esos que no levantan el interés de los corresponsales.
La tormenta inició en un día normal, el paisaje de una de las ciudades mas esplendorosas del mundo se cubrió de un lluvioso cielo gris presagio. A las 11:00 de la mañana el maestro de ceremonias Guido Marini acercó un papel a Benedicto XVI para leer en un claro latín la renuncia que tardaron en digerir los presentes. Había que repensar las palabras de Ratzinger, había que creer lo escuchado para eliminar cualquier duda. Benedicto XVI dejaría el máximo pontificado el 28 de febrero.
Fueron ocho años de transición enfrentados cara a cara con la brutal realidad de los abusos sexuales de sacerdotes que eludió su antecesor Juan Pablo II. Fue la degradación de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo y el señalamiento al Cardenal de Los Ángeles California, Roger Mahoney, quien fuera obligado por un mandato judicial a publicar los expedientes de abusos sexuales de sacerdotes de su Arquidiócesis. Pero también fue un Papa que privilegió mas el trabajo intelectual que la evangelización.
El 1 de marzo del año pasado escribí en esta columna: Los rumores sobre una posible renuncia de Benedicto XVI no carecen de sentido. Su salud se deteriora y dista mucho del profundo misticismo de su antecesor, considerado incapaz de dejar la silla antes de la muerte. Joseph Ratzinger no tendría que consultarlo con nadie, ni siquiera con el colegio cardenalicio a quien pediría realizar un cónclave para nombrar sucesor, en el que ni siquiera actuaría como un cardenal elector por rebasar la edad permitida. El texto íntegro lo puede consultar en esta liga http://goo.gl/4yPez.
Pocos días históricos como el de ayer, señalan el arranque de dos semanas de intensa política religiosa que invadirá un sinnúmero de ámbitos. La tormenta inició como un día normal y terminó el primer día con un esplendoroso rayo sobre la cúpula de San Pedro, capatada por la cámara de Alesnado Di Meo. La conclusión de un importante capítulo en mas de dos mil años de historia del cristianismo.

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