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jueves, 23 de febrero de 2017

No oigo al Papa Francisco ni a la CEM defender inmigrantes

Hugo Páez
    
No es Lampedusa, NO tiene el impacto mediático de Cuba, ni la trascendencia política de acercar a dos países enemistados por más de 50 años que estuvieron a punto de desatar la tercera guerra mundial, pero el infierno que están pasando los inmigrantes mexicanos, y el resto de latinoamericanos, en Estados Unidos, es mayor a si echaran de la isla a toda su población completa.
Donald Trump ha pasado limpio por el juicio del Papa Francisco, ha pasado totalmente ileso por la Conferencia del Episcopado Mexicano de Francisco Ortega y Alfonso Miranda Guardiola, apenas una misa de obispos en la frontera el 15 de febrero en San Juan del Valle con la presencia del Nuncio en EEUU Christophe Pierre y Franco Coppola de México.
El drama de nuestros inmigrantes NO espera la agenda de la Iglesia Católica, ni sabe de la distancia entre la curia mexicana y el gobierno de Enrique Peña Nieto, al grado que hasta hace unos días el embajador fue propuesto a la Santa Sede.
Pero la voz geopolítica de Francisco, más allá de “esperar a ver qué pasa (con Trump) para no tomar una decisión prematura”, como dijo al periódico El País, en realidad ya está pasando desde el primer día, y es necesario denunciar la angustia de al menos once millones de inmigrantes amenazados, candidatos a ser devueltos a un país al que NO quieren regresar, para sorpresa de los políticos mexicanos que encontraron una veta oportunista en el inminente éxodo involuntario, ilustrada en ‘selfies’ con un puñado de ilegales, y cursis ‘Muros humanos’ en la frontera.
No veo en la imperturbable agenda del Papa -cuando quiere, porque en Cuba si lo hizo- un viaje relámpago a la frontera de México con Estados Unidos.
No veo la garra de esa personalidad Argentina que lo caracteriza, para enfrentar a Donald Trump, y menos veo al Nuncio Franco Coppola promover una visita para ese auxilio que urge a sus fieles.
En cambio, SI veo a cardenales y obispos norteamericanos comprometidos en el auxilio contra la infamia. Ejemplos excepcionales son: el obispo regiomontano José Gómez de la Arquidiócesis de Los Ángeles, el obispo de San Diego Robert Walter McElroy, el de Chicago, Nueva York, Boston etcétera, y a la Arquidiócesis de Norberto Rivera y al asertivo semanario Desde la Fe.
Pero los veo solos, sin ese acompañamiento de Francisco y el Episcopado Mexicano a las marchas del Frente Nacional por La Familia contra los matrimonios igualitarios y las adopciones de infantes por personas del mismo sexo.
Ayer fue la primera visita de dos procónsules de Trump. Enrique Peña y sus ‘generales’ Luis Videgaray, Miguel Osorio, Salvador Cienfuegos y Vidal Soberón recibieron al Secretario de Estado y el de Seguridad Nacional, Rex Tillerson y John Kelly, como avanzada de lo que viene, de las nuevas reglas que se impondrán por la relación desequilibrada de fuerzas.
Es la primera prueba a la tesis rupestre de Trump, medirán los costos de la imposición unilateral, y regresarán con el cálculo bajo el brazo, después de una cortés conferencia de prensa que nada dirá de lo condicionado o acordado.
Pero los que NO quieren cruzar el Río Bravo de vuelta, se quedarán en las mismas. El ex candidato republicano se mantiene fiel a sus promesas, ahora como presidente, los inmigrantes son las víctimas ideales, a su alcance, y sigue sin escucharse el manotazo humanitario en la Plaza De San Pedro, en la Santa Sede, más allá de un timorato extrañamiento para “Tender puentes en lugar de muros”, y el largo beneficio de la duda, a una certeza del tamaño de la fe de los inmigrantes.
    
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