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martes, 14 de diciembre de 2010

La insoportable levedad de Gustavo Madero

Hugo Páez

Que bueno que Gustavo Madero no era presidente del PAN cuando Felipe Calderón se destapó como candidato presidencial, cinco meses antes de estas fechas, comparando el sexenio de Fox con el actual.
“Maderito”, como le dicen Roberto Gil Zuarth y compañía trató de jalarle ayer las orejas a Santiago Creel por su destape del domingo en el lienzo charro de Constituyentes, como lo hizo Vicente Fox hace seis años con Calderón al llamarlo irresponsable. No se trata de incapacidad para cuantificar la ventaja de las campañas de Marcelo Ebrard y Enrique Peña Nieto sobre el PAN, lo que trata de controlar el nuevo presidente del PAN es a los caballos albiazules que no están el corral de Calderon.
Madero y Max Cortazar no han tenido tiempo para despegar a Ernesto Cordero en condiciones que no violenten la promesa del presidente Felipe Calderón de no meter la mano en la sucesión. Seguramente el destape Guadalupano de Creel el 12 de diciembre lo metió en problemas en Los Pinos y ahora trata de darle un segundo golpe al senador, como la encomienda que le ordenó Juan Camilo Mouriño al quitarle la coordinación parlamentaria del PAN en la Cámara Alta.
En el año 2005 Felipe Calderón aprovechó el desgaste del presidente Vicente Fox para cimentar una candidatura con conceptos distintos a los que llevaron al primer panista a Los Pinos, rechazando la continuidad en los programas fallidos.
Era evidente el desgaste de Fox y el crecimiento de Andrés Manuel López Obrador y fue necesario soportar la candidatura con una nueva visión, discontinua del primer gobierno panista.
El ex Secretario de Energía llegó a la precandidatura del PAN enemistado con un presidente que ante la opinión pública desperdició la oportunidad de un verdadero cambio. La distancia del candidato con Los Pinos lo convirtió en garante de nuevas formas y explotó el terror que provocaba López Obrador en la clase media y alta del país.
En estos momentos, Felipe Calderón vive las mismas circunstancias del final del sexenio de Fox en carne propia, aun cuando la fuerza de los recursos federales sean destinados a áreas que impacten en la percepción de bienestar, crecimiento y éxito en el combate al crimen organizado.
Vender continuidad ha sido una mala estrategia al final de los sexenios, no importó en los setenta años del PRI, ya que la elección se concretaba a los deseos de un solo elector: el presidentes. En un estado deficiente a causa de las reformas de ley frustradas y un sistema de justicia penal corrupto, alcanzar metas que provoquen verdaderos cambios es prácticamente imposible, por lo tanto, las promesas al principio del sexenio se convierten en el azote al final, y la continuidad en una carga negativa, es el paradigma de Ernesto Cordero. Desde esta perspectiva, Santiago Creel no ocultará la distancia con Calderón y sus estrategas de campaña seguramente impondrán esa etiqueta a Ernesto Cordero o cualquier otro precandidato del gabinete.

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